Durante décadas nos han enseñado que el progreso se mide por una palabra: crecimiento. Si la economía crece, vamos bien. Si el PIB aumenta, avanzamos. Si producimos más, viviremos mejor. Pero la realidad de muchos territorios nos obliga a hacernos una pregunta incómoda:
¿Es necesario crecer para prosperar?
Jaén es líder mundial en producción de aceite de oliva. Cuenta con dos parques naturales de enorme valor ecológico, un patrimonio histórico excepcional, una posición estratégica en Andalucía y una importante capacidad exportadora. Sin embargo, la evolución demográfica refleja una realidad preocupante.
Según el informe 50 años de evolución económica, social, empresarial e institucional de las provincias en España (1975-2025), la población de Jaén pasó de 668.187 habitantes en 1970 a 627.568 en 2021, lo que supone una pérdida del 6,08 %. En ese mismo periodo, España aumentó su población un 39,25 %. El mismo informe apunta que Andalucía está entre las comunidades con menores niveles de renta por habitante, destacando específicamente a Jaén entre las provincias con valores más bajos.
Esto no significa que no haya habido progreso económico. Lo ha habido. Pero sí indica que el crecimiento agregado no siempre se traduce automáticamente en una mejora proporcional de la capacidad económica de las familias. La provincia continúa registrando tasas de desempleo significativamente superiores a la media nacional, una realidad que limita la capacidad de retener población joven y atraer nuevas actividades económicas. En otras palabras, producir más no garantiza necesariamente generar más oportunidades de calidad para quienes viven en el territorio. La pregunta es inevitable:
¿Cómo puede una provincia generar riqueza y, al mismo tiempo, perder población durante décadas? El problema no es solo económico
Cuando hablamos de despoblación solemos pensar automáticamente en una falta de actividad económica. Sin embargo, como siempre, la realidad es más compleja. Cada año, miles de jóvenes jiennenses estudian, se forman y desarrollan talento dentro y fuera de la provincia. Muchos terminan construyendo su proyecto de vida en Madrid, Granada, Sevilla, Barcelona o en el extranjero. En algunos casos, porque encuentran allí oportunidades profesionales difíciles de hallar en Jaén. Pero no siempre es únicamente una cuestión de empleo. También influye la idea de éxito que hemos construido colectivamente.
Durante décadas hemos asociado progresar con marcharse a una gran ciudad, acceder a mercados laborales más amplios o formar parte de entornos económicos más dinámicos. Sin embargo, cada vez más personas empiezan a cuestionar si el éxito consiste únicamente en ganar más dinero o en desarrollar una carrera profesional más competitiva. Factores como el acceso a la vivienda, el tiempo disponible para la vida personal, la cercanía familiar, la seguridad, el contacto con la naturaleza, la movilidad, el coste de vida o la calidad de las relaciones sociales también forman parte del bienestar. Y en muchos de estos aspectos, Jaén ofrece ventajas comparativas que a menudo pasan desapercibidas.
Por supuesto, la provincia necesita generar más oportunidades, atraer inversión responsable, diversificar su economía y crear empleo cualificado. Pero quizá también necesitemos replantearnos qué entendemos por prosperidad y qué modelo de vida consideramos deseable. Por eso, el verdadero reto no consiste únicamente en producir más riqueza. Consiste en conseguir que esa riqueza se traduzca en bienestar, oportunidades y calidad de vida para quienes deciden desarrollar aquí su proyecto personal y profesional.
La propuesta de la Economía del Bien Común
Aquí es donde la Economía del Bien Común (EBC) aporta una visión especialmente interesante. La EBC plantea una idea sencilla pero transformadora: el éxito de una economía no debería medirse únicamente por cuánto produce, sino por cuánto bienestar genera. Desde esta perspectiva, una provincia no debería evaluarse solamente por indicadores como el PIB, las exportaciones o la producción agrícola. También deberían importar cuestiones como la calidad del empleo, el acceso a la vivienda, la igualdad de oportunidades, la salud de los ecosistemas, la participación ciudadana, la cohesión social, la resiliencia del territorio o la capacidad de retener y atraer población joven.
La pregunta deja de ser ¿Cuánto crecemos? Y pasa a ser ¿Vivimos mejor?
Porque una provincia será realmente próspera cuando sus habitantes no tengan que elegir entre desarrollar una carrera profesional y disfrutar de una buena calidad de vida. Y quizás ahí resida una de las grandes oportunidades de futuro para Jaén.
¿Qué significaría aplicar la EBC en Jaén?
Significaría medir el éxito de la provincia con una mirada más amplia. Por ejemplo: ¿Cuántas jóvenes pueden desarrollar aquí su proyecto vital? ¿Qué porcentaje del valor añadido del aceite se queda realmente en el territorio? ¿Estamos generando empleo estable o empleo precario? ¿Conservamos nuestros recursos naturales para las próximas generaciones? ¿Las inversiones contribuyen a fortalecer las comunidades locales? ¿Mejora la calidad de vida en los municipios rurales?
Desde esta perspectiva, una inversión no es positiva únicamente porque genere actividad económica. También debe contribuir al bienestar colectivo y a la sostenibilidad del territorio.
¿Estamos construyendo una provincia donde nuestras hijas y nietas quieran quedarse a vivir?
La Economía del Bien Común propone precisamente eso: medir el éxito económico por la capacidad de generar dignidad, oportunidades, cohesión social y sostenibilidad. Y tal vez ahí se encuentre una de las claves para el futuro de Jaén.
Yo nací y crecí en Cataluña, donde desarrollé gran parte de mi trayectoria profesional. Sin embargo, hace unos años decidí trasladarme a Noalejo, en la Sierra Mágina. No fue una decisión económica. Fue una decisión de calidad de vida. Encontré una forma de vivir que hoy valoro enormemente: la cercanía de las personas, la calidez humana, el contacto cotidiano con la naturaleza, un ritmo de vida más equilibrado y una comunidad donde todavía es posible construir relaciones reales. Pero también encontré dinamismo social, iniciativas culturales, capacidad emprendedora y oportunidades para seguir creciendo personal y profesionalmente. A menudo hablamos de atraer talento a Jaén. Quizá también debamos empezar a reconocer que Jaén ya posee muchos de los elementos que hoy buscan cada vez más personas: bienestar, comunidad, seguridad, accesibilidad a la vivienda, entorno natural y calidad de vida.
La Economía del Bien Común propone precisamente ampliar nuestra mirada sobre el desarrollo. No medir el éxito únicamente por la riqueza que generamos, sino también por nuestra capacidad para crear dignidad, oportunidades, cohesión social, sostenibilidad y bienestar compartido. Porque, al final, el verdadero progreso de un territorio no se mide solo por cuánto produce, sino por cuántas personas desean quedarse, regresar o construir en él su futuro.
Y tal vez ahí se encuentre una de las claves más importantes para el futuro de Jaén.
Ambientólogo y economista

